Amelia

Cuando Amelia se dio cuenta de que ya no podía ver ni a su tía ni a sus primas entre los parasoles coloridos, que ahora parecían más bien como puntitos de plástico salpicados sobre la arena blanca de la playa, no sintió temor. Ella estaba muy bien ajustada en su flotador de jirafa que le habían obsequiado especialmente para esa ocasión. Es un regalo de su papá, le había dicho su tía. Una caja grande de cartón, sucia y magullada, había llegado a la finca apenas unos días antes de la excursión familiar hacia la costa. 

Esa mañana, los primeros rayos del sol se habían tardado en despuntar y el valle y sus habitantes permanecían sumergidos bajo las sombras heladas de los montes altos. A la luz del bombillo de la cocina y con un par de tijeras viejas desafiladas, Amelia rasgó la caja de cartón y descubrió por dentro el flotador de jirafa desinflado en su empaque de plástico. Sobre el empaque figuraba una imagen de una playa lisa y blanca, acariciada apenas por las sombras de las palmeras y unas olas suaves y espumosas. En el cielo amplio y despejado, un sol amarillo brillaba, radiante. Así debe de lucir California, fue lo que Amelia pensó en ese momento. El flotador en sí era de color amarillo con manchas cafés y tenía un cuello largo contra el cual, ahora, Amelia se podía recostar mientras la corriente del mar la mecía y le daba empujoncitos suaves. Acomodándose así, Amelia se había entretenido un buen rato persiguiendo, con la mirada, a los destellos de sol que bailaban sobre la superficie translúcida del mar.

Quizás fue eso lo que más le había sorprendido a Amelia cuando finalmente se encontró corriendo por primera vez hacia la playa con sus primas, volando juntas sobre la arena caliente, más y más rápido hasta tropezar de repente con las olas que remontaban las dunas de arena y se deshacían a sus pies: el mar todo junto era de un azul infinito pero, en sus manos, el agua de mar era transparente como el agua de la llave.

Hubiera querido discutir este misterio con alguien, pero su tía no tenía tiempo para tonterías y sus primas guardaban celosamente sus conocimientos de niñas grandes que ya iban al colegio. Reina y Caro también habían recibido regalos para el paseo del tío, quien (y Amelia se había tardado un poco en entenderlo) era el mismo papá suyo. Tarada, le había susurrado Reina entre los dientes antes de irse a presumir sus lentes de sol rosas en forma de corazón que el tío le había enviado desde California. En cambio, Caro sí había dejado de lado sus nuevos moños tie-dye y le había ayudado a Amelia a inflar su flotador de jirafa. Seguramente Caro sería la primera en darse cuenta.

Pensó en hacerle a su prima una seña con la mano para que no se preocupara, para que supiera que ella estaba bien, pero los puntitos sobre la arena se hacían cada vez más pequeños. Caro no la podría ver ahora. Tampoco la lograría escuchar. Desde tan lejos, no. Amelia intentó dar unas patadas en el agua para cambiar de rumbo al flotador, sin mucho éxito. Respiró profundo. No importaba, ella se había preparado muy bien para cualquier eventualidad. Tenía una botella de agua para la sed. También llevaba puesto su gorro amarillo y harto bloqueador para no quedar roja como un tomate. No se iba a quemar como le pasó a su prima Reina durante las últimas fiestas patrias, no lloraría como ella tampoco, toda mocosa porque le ardía la piel.

De hecho, Amelia se sentía mejor allí, arrullada por el vaivén del mar y el silencio. Lejos del reguetón de sus primas, lejos también de los niños jugando fútbol, los señores fumadores, los bebés fastidiosos y las quejas sinfín de su tía que siempre andaba reclamándole a su comadre, al vecino, a quién fuera, que su hermano no se hacía cargo. Aquí, el agua tenía un aspecto más puro. Era fría y refrescante.

Ahora bien, era cierto también que Amelia había perdido de vista el fondo arenoso del mar hacía un rato ya. En el agua, sus piernitas colgaban ligeramente hacía un azul de atardecer que se oscurecía por debajo de ella. Era mejor más bien alzar la cabeza y mirar pa’ delante. Así como cuando le tocaba ir con Caro al pozo profundo de donde se sacaba el agua fresca en la finca de su tía. Amelia siempre imaginaba que de esa oscuridad podrían surgir víboras, escorpiones o incluso algún fantasma que se la llevaría para siempre a las entrañas de la tierra. Pero aquí no había nada de eso. Menos mal. Más bien, flotando así sobre el mar luminoso en pleno día, Amelia se sintió de repente tan liviana que ahora no podía imaginar hundirse. Su flotador de jirafa venido del extranjero (enviado por su papá) no le podría fallar tampoco. Y sin embargo, la línea recta del mar abierto que se extendía cada vez más en torno de ella le provocaba una sensación que no lograba nombrar. Le batía el pecho como un bramido lejano de ternero. Por el cielo amplio y despejado, una bandada de gaviotas se paseaba sin prisa y sin rumbo claro. Parecían ellas también pequeños puntitos flotando a la deriva en el azul tan claro del día que lucía casi blanco.

¿Qué estarían haciendo sus primas ahora? ¿Jugando todavía en la arena con los otros niños grandes? Amelia no había querido ir con ellas. No le gustaba cómo jugaban cuando se juntaban. Además, antes de viajar, Reina había hecho todo por asustar a su primita pequeña. Le había contado acerca de los tiburones que llevan sangre de tigre en sus venas y que supuestamente patrullan la costa con sus dientes de motosierra. Le había contado también de unas medusas moradas gigantes que apenas con el roce de un tentáculo te envenenan el corazón. Menos mal que Amelia sabía que todo eso era pura mentira. Caro le había prometido que en la playa adonde iban a pasar las vacaciones de fin de año no habría ni tiburones ni medusas. Y, a decir verdad, Amelia sí se había dado cuenta de que el borde del mar estaba completamente desprovisto de vida marina. No había ni estrellas de mar, ni conchas con perlas, ni pececitos dorados. Palmeras tampoco. Después de mucho buscar entre las conchas huecas y los pedazos de plástico sueltos, Amelia logró apenas percibir la presencia de algunos cangrejos minúsculos, pero ellos huían cada vez que ella se acercaba a verlos. No les quería hacer daño, pero ellos no lograban entender sus intenciones. En lugar de toda esa vida marina que Amelia había deseado tanto conocer, un pequeño ejército de bañistas había llegado temprano a la playa con la intención de acaparar cada metro de arena, y su tía tenía que defender ferozmente la parcela donde habían tendido sus toallas y erguido un parasol azul grande. Cuando la corriente apenas empezaba a jalarla un poco hacia el horizonte, como un perro jadeante y juguetón, Amelia todavía lograba distinguir ese parasol entre todos los demás. Pero a medida que ella se iba alejando más y más de la playa, empezó a confundirlo con los otros parasoles azules de otras familias.

Ahora, al levantar la mirada hacia la costa, Amelia la descubrió de repente tan reducida que la playa y su muchedumbre se habían perdido por completo bajo los montes que se alzaban por encima. Incluso las montañas en sí parecían más bien hormigueros distantes, gruesos y altos como los que había a las afueras de la finca. Asustada, Amelia sacudió su cabecita y sus rizos temblaron como las ramas tiernas de un árbol joven. Se le ocurrió que la finca y su pueblo debían de estar allá, anidados entre esos picos distantes que todas las mañanas, al despertar, ella debía de ver por la ventana del cuarto que compartía con Caro y que ahora se estaban deshaciendo entre el cielo y el mar.

En esas distantes migajas marrones de tierra firme, Amelia veía el pedacito de bizcocho que, inevitablemente, quedaba olvidado en la taza de leche caliente durante la merienda al llegar sus primas del colegio con sus morrales repletos de papeles y libros y dibujos, quebrando el silencio de la cocina en el que su tía se tomaba un café amargo y aguado todas las tardes. Amelia bajó la mirada hacia sus deditos húmedos y arrugados como uvas pasas. ¿Cómo era posible que todo un pueblo como el suyo – con calles empedradas, iglesias altas y blancas, una plaza cuadrada, dos colegios, una panadería, la finca de su tía – todo aquello pudiera caber en un paisaje cada vez más minúsculo? 

No era apenas que ella estuviese perdiendo de vista a las personas y las cosas. Más bien parecía como si todo se estuviera disolviendo. Incluso las memorias estaban perdiendo sus contornos. La playa, la muchedumbre sobre la arena, sus primas estrenando vestidos de baño, su tía durmiendo bajo el gran parasol azul, todo se estaba desdibujando y derramando como una acuarela mal hecha. Como la leche tibia recién ordeñada. Como si hubiese sido apenas un sueño. Aunque en realidad lo que tenía más aspecto de sueño era su condición actual de niña prófuga flotando en alta mar. Pero no lo era.  

Amelia se empezaba a sentir mareada, como si el agua de mar se le hubiera filtrado por los oídos. Una sensación de hambre le nacía en su pancita. Y el cielo tampoco era el mismo que antes. A medida que las corrientes marinas la habían empujado hacia el horizonte, el sol había superado su cenit e iniciado calladamente su descenso sin que ella se diera cuenta. Pero ahora, como una piedra que rueda por la ladera de una montaña, el sol había cogido impulso y parecía estar a punto de arrojarse hacía el horizonte escueto del mar abierto.

Amelia sabía muy bien que el sol no podía estallar contra el mar como una bomba atómica ni crear olas de tsunami inmensas porque, en realidad, el sol se encontraba muy lejos de la tierra. Así lo había visto en el History Channel que le gustaba tanto ver a su tía por la noche. Y sin embargo, hasta ese momento, Amelia siempre había visto el atardecer transcurrir como de lejos, anidada entre los pliegues de la tierra, cubierta bajo las sombras de los montes altos que velan celosamente por el valle, el pueblo, la finca… Quizás fue por eso que se sintió de repente desnuda y diminuta. Como si se hubieran roto los huevos frescos de las gallinas. Los anaranjados del atardecer se estaban empezando a derramar sin pudor sobre la superficie del mar que perdía su azul. Quizás fue por todo eso que le dieron tantas ganas de llorar.

Pero Amelia ya no era una niña pequeña. Pronto empezaría a ir al colegio. Pronto le enseñarían a ordeñar una vaca. No podía ponerse a llorar ahora. La luna le sonrió desde una esquina pálida del cielo. Flotaba, como ella, por encima del horizonte que ahora ardía con la luz del sol poniente. Las olas le salpicaban los brazos con el rocío del mar y la piel se le erizaba en el aire fresco del anochecer. Pronto empezarían a brotar las estrellas en el cielo y el mar que se tornaría un índigo espeso como la tinta de calamar.  Amelia se sintió, de repente, muy cansada. Bostezaba y sus pensamientos parecían brotar de su cabeza y volar alto como las aves marinas que ya habían abandonado el cielo que oscurecía.

Amelia se imaginaba solita suspendida en la oscuridad de la noche, navegando con el flotador de jirafa entre las estrellas, los planetas y los asteroides que iluminarían el mar nocturno. Simplemente sería como ser astronauta. Era así de simple. Y Amelia se puso a imaginar que su aventura, que hasta ese momento había sido puramente acuática, quizás se tornaría intergaláctica. Con las estrellas como guía, viajaría hasta el corazón de la vía láctea que la cobijaría del frío de la noche con su manto luminoso y radiante. Se arroparía en el polvo cálido de las nebulosas púrpuras, rosadas y anaranjadas como el atardecer que se estaba estirando perezosamente en esos mismos momentos a lo largo del horizonte.

Ahora, pensándolo bien, Amelia sabía que los navegadores antiguos solían utilizar las estrellas para orientarse. Así habían logrado encontrar América y los Reyes Magos así encontraron al niño Dios. Lo había visto en el History Channel con su tía. Era posible leer las estrellas y formar constelaciones, que son como los símbolos que los automovilistas siguen en las carreteras. Y por suerte, Amelia ya sabía leer bastante bien. Tanto así, que sus primas (en realidad apenas Caro) ya le estaban enseñando a escribir. Aunque sí era verdad que a veces se enredaba todavía un poquito leyendo, pero no importaba, porque ahora tendría que ser una niña muy lista y muy juiciosa y muy valiente también porque todo se estaba poniendo bien oscuro bien rápido.

Amelia podía sentir ya el toque frío de las corrientes submarinas que le rozaban los dedos de los pies. Sus piernas también se empezaban a cansar de estar apresadas en el flotador plástico de jirafa, pero ella no se atrevía a bajarse y nadar por sí misma. Tenía que tener paciencia. Estaba segura de que pronto las constelaciones le mostrarían el camino a casa, como lo hacen también las manadas de delfines cuando encuentran a un náufrago perdido en el mar. Esto también lo había aprendido por la televisión. Y, mirando hacia el horizonte violeta, Amelia imaginó que una manada de delfines podría aparecer de repente. Los imaginaba saltando y cantando por encima de las olas. Se acercarían dando vueltas en el aire, porque es así que los delfines saludan a los viajeros. Sus cuerpos brillarían en el fin del atardecer como lo estaba haciendo la superficie translúcida del mar y sus risas acuáticas la acompañarían de regreso a la playa. ¿Y sí se la llevan a otro lugar? ¿A una isla, quizás, o alguna otra costa lejana?  Entonces Amelia pensó que si en ese momento tomaba otro rumbo podría incluso llegar hasta la costa de California, como lo había hecho su papá al cruzar un gran océano Pacífico cuando ella todavía era pequeña. Así se lo habían contado. Amelia siempre había imaginado a su papá navegando en el mar abierto, como un pirata barbudo, con un gran barco repleto de mercancía. Aunque era verdad que, al parecer, él ya había decidido quedarse en tierra firme. Y en las pocas fotos que había visto tampoco parecía pirata (tenía bigote en vez de barba) y Amelia se preguntaba si al llegar a California, lo podría reconocer. ¿Y él, la reconocería a ella?

La luna brillaba cada vez más blanca y Amelia estaba cada vez más segura de que el mar y sus corrientes la estaban llevando muy lejos de aquí. Quizás la llevarían hasta California, o quizás aún más allá, hasta algún otro país completamente distinto, donde iniciaría otra vida como lo había hecho su papá. Lejos de su familia y la finca, sería una niña nueva. Y Amelia se puso a imaginar todas las cosas – los bizcochos de chocolate, los peluches, el Game Boy – que le podría mandar a sus primas y a su tía en grandes cajas de cartón que llegarían a la finca sucias y magulladas por el largo viaje que tomarían desde esas nuevas tierras que Amelia aún no lograba ver en el horizonte que se estaba extinguiendo poco a poco, como la llama de una vela que tiembla por última vez en el patio trasero de la noche.

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