El arte y la vida, la creatividad y el cuidado: por más que parecieran ser ámbitos distintos, la escritura de Laia Jufresa nos revela que son, en realidad, inextricables. Su nueva novela Wishbone teje dos historias paralelas: la de Tor, directora de un museo internacional de color, y la de Vica, una madre soltera criando a su hija de diecisiete años. A través de nueve capítulos que retroceden en el tiempo desde 2038 hasta 1983 y saltan de Oaxaca a Edimburgo, de la Ciudad de México a Londres y de Umbría a Colonia, esta novela deslumbrante toca el arte, la escritura, la desaparición de una hermana y las decisiones capaces de cambiar el rumbo de la vida.
No es de extrañar que la novela tenga un alcance geográfico tan amplio. Jufresa creció en Veracruz, pasó su adolescencia en París, se mudó a la Ciudad de México en 2001, y actualmente vive en Edimburgo. Es la autora del libro de cuentos El esquinista (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2014), la novela Umami (Random House, 2015) y el libro de no ficción Veinte, veintiuno (Random House, 2024). Las obras de Jufresa también han viajado por todo el mundo: hasta ahora su trabajo se ha traducido a diez idiomas. Además de autora, Jufresa es life coach para escritoras. Su comunidad de escritoras, Escribir es un lugar, ha ayudado a más de doscientas mujeres a desarrollar una práctica sostenible de escritura.
Wishbone ha sido publicada en inglés por Fern Books, y su traducción al español, realizada por la autora, será publicada en Estados Unidos por Random House. En ambas versiones, Jufresa pinta escenarios y personajes tan vívidos que casi se pueden ver los colores de las pinturas y escuchar el timbre de las voces multilingües. Fue un placer enorme reunirme con ella por Zoom para conversar sobre la escritura en inglés y en español, sobre la relación entre el dolor y el humor y sobre lo que la literatura nos ofrece como un medio narrativo.
Esta entrevista fue editada.
***
El Alboroto: Lo primero que noté al abrir Wishbone y ver el índice fue su estructura. Me recuerda a Umami, porque ambas novelas tienen estructuras muy únicas, en que los capítulos van hacia atrás. ¿Cómo llegaste a ese tipo de estructura?
Laia Jufresa: Me da mucha emoción que hayas puesto atención al índice; creo que mucha gente se lo salta. Durante tres años, estuve escribiendo un libro que se podía leer desde los dos lados. Estaba escribiéndolo, sobre todo, en español, aunque siempre escribo en los dos idiomas. Pero en español, soy una escritora mucho más perfeccionista, minimalista. Eran fragmentos muy cortos. Eventualmente, me pasé más al inglés, donde tengo una narrativa mucho más torrencial—creo que porque, como no es mi idioma y cometo errores, se tiene que callar mi perfeccionismo. Me dejó narrar mucho más.
Un día, estaba nadando en el mar, y vi esta estructura. Durante un minuto entero, me sentí genial. Dije, “esto es súper original, nadie lo ha hecho nunca.” Y luego salí del mar y dije, “no, espera. ¡Yo he hecho esto antes!” (Porque Umami lo había escrito así. Lo acabé cortando en cuatro partes: era demasiado pedirle al lector que recordara lo que había pasado cinco años atrás, cuando eso también significaba cien páginas atrás.) Entonces, era una deuda conmigo misma de intentar contar una historia solo para atrás.
Una vez que yo encuentro una estructura, es un andamio súper vital para mi trabajo. Nunca quiero que la estructura sea un capricho; tiene que cumplir una función. En Umami, la función que cumplía es que le daba voz a la niña que muere. En Wishbone, más allá de la trama que sostiene, cumple sobre todo una función emocional: la idea que el lector está sosteniendo una especie de esperanza irracional. Una probadita del tipo de duelo que conlleva una desaparición—en la que no hay un cuerpo, no hay un closure.
Fue un reto durísimo, pero fascinante para mí. Si me voy a pasar una década escribiendo una novela, tengo que ponerme algo que parezca imposible: contar una historia solo para atrás, pero que mantenga el momentum. Que en todo momento quieras seguir leyendo.
Alboroto: Más allá de la estructura, ¿qué desafíos implicaba escribir sobre estos temas tan difíciles, como la desaparición y el duelo?
Jufresa: Siempre me he preguntado qué pasa con los hermanos de los desaparecidos. Hablamos mucho—con toda la razón—de las madres buscadoras en México, que dedican su vida a buscar. Pero, si piensas que en México desaparece una persona cada noventa minutos, imagínate la cantidad de hermanos cuyas vidas están totalmente trastocadas por este tipo particular de pérdida. Que luego hacen su vida entera cargando este tipo particular de duelo. Me interesaba abrir espacio a esas vidas.
Cuando empecé a conocer más a mis personajes, lo justo era hacer el libro sobre sus vidas—no quería que se convirtieran en una excusa para hablar de las desapariciones. Es parte del pasado de los personajes, pero no es el tema de la novela. Es tratar ese tipo de duelos sin meterte a la cosa política. No es que no se hable de todo lo que está pasando en México, pero yo quería que también pudiéramos decir: esto no es lo que las definió para siempre. Hay otras cosas en su vida. Es muy difícil.
Creo que escribir en inglés me ayudó un poco. Siento mucha más responsabilidad política al hablar en español.
Alboroto: ¿Sentías que, al escribir la novela en inglés, también estabas haciendo una suerte de mediación cultural sobre estos temas?
Jufresa: No. Hay muchísimo trabajo, tanto periodístico como narrativo, que habla directamente de estos temas. Sentía una responsabilidad para mis personajes, la gente cuya vida está marcada por la violencia. Que no quiere estar hablando de eso todo el tiempo, y que muchas veces deja su país y hace su vida en otros lados.
Alboroto: Tiene mucho sentido. Me hace pensar en otra cosa que he notado tanto en Wishbone como en Umami. Tratan el dolor y el luto de una forma muy seria, pero también muy humana, sin vacilaciones ni clichés. ¿Cómo logras ese equilibrio?
Jufresa: El recurso principal es el humor. Está muy presente en mis libros. No a nivel de broma, sino como herramienta de los personajes de hacer que su vida, incluso cuando es difícil, sea vida. Quizás es, incluso, lo más mexicano de mi escritura: esta relación con el humor y con el humor negro. La irreverencia.
Al traducir la novela al español, se volvió un libro aún mucho más mexicano y me di cuenta a qué grado ese sentido del humor está asociado también con un lenguaje.
Por otra parte, ocuparse del duelo en abstracto no es que no tenga sentido. Pero el punto de construir una narrativa y unos personajes tan humanos y tan creíbles es poder darle espacio a un duelo que, cuando solo estás mencionando algo abstracto, o números, te vuelve muy difícil conectar emocionalmente. Es por sobrevivencia—la gente que vive en estos lugares tiene que normalizar la violencia y no estar pensando en eso todo el tiempo. Hay que atravesar muchas capas de frialdad de todos, que estamos scrolling y viendo genocidios. La única manera de poder realmente hacer que el lector viva un poco la experiencia de estos personajes es haciendo el esfuerzo de hacer unos personajes muy humanos y contradictorios. Que la atmósfera emocional esté siempre cargada de humor y de tristeza.
Me interesa lo que la literatura nos daba de niños. Sigue importando construir un mundo para el lector: un espacio en el que se pueda meter, sacarlo de su vida un rato, llevarlo a escenarios totalmente distintos. Todas esas cosas casi whimsical del storytelling, de poder transportar al lector.
Alboroto: También se me ocurre la palabra “wonder.”
Jufresa: Exacto. En mi cuento, El esquinista, que se tradujo al inglés por Sophie Hughes, la última frase es: “I am gone and I am wonder.” Nunca me encontré algo en español que fuera tan exacto. En español, dice “asombro,” pero es un poco más que asombro.
Alboroto: Hablando de esa irreverencia y del humor, Wishbone también es una novela muy lúdica. Juega mucho con las palabras, igual que Umami y Veinte, veintiuno. Te quería preguntar si eso tiene algo que ver con la importancia de la infancia en estas obras.
Alboroto: Creo que tiene más que ver con que me preocupa que asociemos lo lúdico a la infancia. Me preocupan varias cosas. Uno, es que perdamos la capacidad de jugar y olvidemos la importancia del juego. Lo otro, es que reduzcamos la literatura a plot y cliffhangers.
Oí un término que me pareció terrorífico hace poco, de una amiga que escribe televisión. Ahora, les están diciendo a los guionistas que tienen que escribir “second-screen writing.” Están escribiendo televisión para gente que está viendo la televisión y su teléfono; tienen que explicar todo, porque la gente está en dos cosas al mismo tiempo.
Coincidió con que muchos periodistas me estaban diciendo que yo había hecho algo muy valiente, porque había hecho un libro que le pedía al lector que pusiera mucha atención. Eso es algo importante para mí. Estamos en una crisis tremenda de atención. Si me pongo el reto de que el lector no esté viendo su teléfono mientras lee mi novela, le tengo que dar algo muy entretenido. Entonces, creo que el espíritu lúdico tiene que ver con una responsabilidad de decir: te voy a entregar un producto tan bueno que vas a querer darme tu atención por un rato. Para mí, lo que el juego significa es presencia.
Mi comunidad de escritoras se llama Escribir es un lugar porque pienso en escribir como irte a meter a ese lugar. Es exactamente lo mismo que hacen los niños cuando los oyes jugando en voz alta. Su cuerpo está ahí, pero ellos están en ese otro lugar. Están inventando conforme van jugando. Eso es el espíritu lúdico. Pero el lector tiene que querer jugar conmigo, porque no voy a repetir las cosas. Las pistas se le van a pasar. Creo mucho en la figura del lector como co-creador en ese sentido.
Alboroto: Te quería preguntar sobre Escribir es un lugar, porque a mí me apasiona mucho ayudar a la gente con su escritura. ¿De dónde viene ese interés tuyo por el coaching?
Jufresa: En 2009, estaba en una conferencia de la Society of Children’s Book Writers and Illustrators en Los Ángeles. Estaba muy interesada en la literatura para niños en ese momento. Pasó una conferencista que era una editora de Puffin, y al final de su charla, dijo, “By the way, I’m also a life coach for writers.” Nunca en mi vida había oído las palabras life coaching, y dije, “¡eso suena espantoso!” o sea, ¿vas a venir a decirme cómo vivir? Y por otro lado, pensé: that sounds like exactly what I need. Entonces, fui a buscarla, y se volvió mi coach. Me cambió la vida. Genuinamente, no sé, sin el trabajo que yo hice con esa mujer, si hubiera publicado. Cuando terminamos de trabajar juntas, yo le dije, “Un día, yo voy a hacer este trabajo.”
Es un trabajo precioso y muy difícil. Tienes que hacer justo lo que nadie hace hoy: tienes que escuchar activamente a la gente. Me enamoré de ese trabajo. Pasé un tiempo no haciéndolo con escritores, porque me daba vergüenza decir que hacía life coaching en español. Era un anglicismo. No se entendía—yo quería ser una escritora seria. Pensé que toda mi vida iba a ser life coach aquí en Escocia, en inglés, y escritora en español—nunca se iban a mezclar. Pero cuando empezó la pandemia, empecé a ver a conocidas en México que estaban homeschooling y no estaban pudiendo escribir. La estaban pasando muy mal. Entonces lancé un curso que se llamaba Escribir en su lugar. Dije, “Voy a compartir lo que yo he aprendido para que estas mujeres puedan escribir algo mientras están encerradas.” Yo pensé, “si llegan diez, vale la pena el trabajo.” Y llegaron sesenta y cinco.
Alboroto: Guau.
Jufresa: Sí. De la noche a la mañana, se volvió mi full-time job. Además de todas las herramientas del curso, nos juntábamos todos los días a una hora a escribir. Cuando acabé el curso, todas dijeron, “No, ya no queremos escribir sin esto.”
Ya llevamos seis años. Me tuve que educar muchísimo en la parte de negocios y marketing. Pero vale la pena. Cuando la gente llega, se queda y termina sus proyectos. Resuelve y sana cosas. Gente que dejó de escribir, a veces, por décadas. Se han terminado muchas tesis. Guiones que luego se filmó la película, novelas. Los frutos empiezan a ser muy palpables.
También es muy lindo porque hay gente que está empezando y gente que es muy profesional—pero todas nos enfrentamos a los mismos demonios a la hora de escribir. Para las que están empezando poder ver que el miedo no se va, que escribes a pesar del miedo. Es un espacio maravilloso.
Este año, mi proyecto principal es que estoy haciendo un juego de cartas para escritores, para poder compartir todas las herramientas que he desarrollado. Estamos con la diseñadora y la ilustradora en este momento. Es muy emocionante.
Alboroto: Me encanta esa idea. Me parece importante, para la inspiración y para la escritura, salir de las pantallas a veces y tocar algo.
Jufresa: Sí. El problema más grande que yo veo cuando la gente se atora con su escritura es que de inmediato va hacia afuera. Se anotan en un workshop, leen otro libro de craft, piden feedback, o dan a leer cuando no está listo para leer. Ese movimiento de ir hacia fuera, no es que no sea valioso, pero el problema es que te aleja de tu proceso de escritura.
Entonces, todo el punto de Escribir es un lugar es que no somos un taller. No te leemos. No te decimos qué escribir. Lo que queremos es que aprendas a estar regresando, regresando, regresando al proceso—aunque sea confuso, estés en la oscuridad, tengas mucho miedo, o no sepas para dónde vas. Tienes que aprender tú a resolver esas incomodidades. A seguir escribiendo y luego a ser tu primera editora.
Alboroto: ¿Cómo identificaste la necesidad de ese tipo de comunidad para mujeres específicamente?
Jufresa: Fue realmente en ese momento de la pandemia, donde veía que las que éramos mamás la estábamos pasando muy difícil. Incluso las que eran más profesionales y habían logrado armar su vida alrededor de la escritura. De pronto no podían. Más allá de todas las violencias, los machismos, y las miles de desigualdades. Cuando lancé el curso, no tenía ni idea de qué tan grande era la necesidad, pero de inmediato entendí que es muy grande.
Hace muchos años que no vivo en México, pero cuando sí vivía ahí, tuve algunas becas donde tuve profesores, tutores, y compañeros muy misóginos. Estuve en varios grupos donde yo era la única mujer y era la única a la que se le interrumpía cuando leía. Tenía un mentor que me tronaba los dedos para que yo le llevara su charola. Y yo soy una de las suertudas—nunca sufrí algo de acoso sexual en el ambiente literario. Nunca me plagiaron, por ahora. No me pasaron las cosas más feas, pero salí muy lastimada, y dejé de escribir durante un año. Estaba traumatizada.
Cuando empecé a tener la comunidad, empezaron a llegar gente con historias muy, muy terribles. Y varias veces, he hecho una encuesta: ¿hacemos esto abierto para todo el mundo? Y es: ¡No! Es un espacio muy seguro y solidario. Hay mucha hermandad. No quieren que haya hombres en el espacio, y yo respeto eso.
Alboroto: Al escucharte hablar de eso, pienso en el personaje de Vica en Wishbone, y en su forma de escribir sin ver su propia escritura como suya. ¿Algo de tu experiencia con Escribir es un lugar inspiró el personaje de Vica?
Jufresa: Son cosas que realmente uno no se da cuenta cuando está escribiendo. Nunca estoy psicoanalizando a mis personajes. No pienso en simbolismo; pienso realmente en individuos. Solo una vez que acabas y tienes que dar entrevistas, dices, “Ah, claro. Escribí sobre mi trabajo y cómo hacemos para que las mujeres dejen de silenciarse.” Y tanto en Vica como Tor, es uno de los grandes temas. La novela abre con Tor: una mujer muy poderosa que ha hecho una carrera muy importante, pero que se ha estado autosilenciando por décadas y que no se ha dejado crear. Ha priorizado el trabajo de otros. Vica también, con su escritura. Es algo que me ha resultado importante de entender, y que veo en la comunidad: la experiencia ayuda, pero hasta cierto punto. Los demonios no desaparecen. Por eso dicen que la segunda novela es la más difícil, porque ya están todas esas expectativas.
También hay este juego entre ambas mujeres: una dice que es desafortunada para alguien con suerte, y la otra dice que tiene mucha suerte para alguien tan sin suerte. Está ese juego de espejos. Eso también tiene mucho que ver con el trabajo que yo hago en el coaching. Sobre todo un trabajo de ayudar a la gente a reconocer las historias que se están contando sobre su propia vida. Son historias que es muy difícil reconocer, porque ya que te convenciste de que esto eres tú. No te das cuenta que es un cuento y que lo puedes reescribir. Las dos están muy presas de esas versiones, y la estructura de la novela también es un viaje hacia cómo se formaron esta idea de sí mismas.
Alboroto: Se me ocurre que muchas de las mujeres en Wishbone también son cuidadoras de alguna forma. O son madres, o hacen trabajo doméstico, o cuidan el arte de otras personas. ¿Cómo ves esos vínculos de cuidado, y cómo se relacionan con el arte y la escritura?
Jufresa: Me gusta muchísimo tu pregunta porque me hacen esta pregunta reduciéndolo un poco a la maternidad. No lo pensaba en las terminologías de cuidado, pero es verdad que no es sólo maternidad: hay algo más, y creo que tú acabas de dar en el clavo. Uno de mis miedos más grandes, puntualmente con este libro, era que se pudiera reducir a: o tienes hijos o haces arte. Mucho del trabajo que me pasé años haciendo fue, ¿cómo hago ver que la madre que está usando su creatividad también está inventando, y que—aunque sea en la propia relación con su hija, en cómo construye su vida—está poniendo sus herramientas creativas al uso? Y efectivamente, Tor no tiene hijos, pero tiene los pulpos, el marido y el museo donde trabaja mucha gente que a ella le preocupa mucho. La novela tenía doscientas páginas más, y muchas eran del museo.
Hacer arte, también, es una forma de cuidado. Cuidas la pieza, el craft, y a través de ese cuidado, a ti misma. Te das el mensaje de que esto que haces importa, simplemente porque te importa a ti. Te da vínculos, ideas, y maneras de estar en el mundo conectado con el resto de la humanidad. Si no tienes que cuidar a nadie y no tienes que estar pensando en los sentimientos de nadie más, hay capas de empatía que no necesitas, un músculo que no necesitas. El cuidado, por supuesto, es desigual y está mal remunerado. Pero creo que también está bien ver que sí nos da, y no pensarlo sólo como un sacrificio o un desperdicio. En realidad, es ahí en el cuidado, donde nos formamos cuando somos niños, donde nos empapamos de la humanidad del otro. Es un espacio muy importante y difícil de retratar, sin caer en panfletos. Eso es lo que quería: retratarlo a un nivel muy humano. No soy escritora queriendo explicarte nada. Te estoy pintando, y tú decides qué está pasando con estas mujeres.
Alboroto: Sí, y creo que lo logras. Mencionaste que el libro tenía muchas páginas más, ¿hay algo en particular que te costó mucho quitar?
Jufresa: Me costó mucho quitar todo lo que quité, porque quité doscientas páginas y porque me tomó muchos meses entender qué era realmente esencial. La dificultad más grande es el momento en que empiezas a pensar, “esto se puede ir, esto se puede ir.” Es muy tenue la línea. Empiezas a pensar, “pues, ¡todo se puede ir! ¿Y a quién le importa este libro?”
Fue muy clave para mí una conversación que tuve con una escritora británica que admiro muchísimo, Sarah Moss. Tiene un libro, que me encanta, Summerwater. Ella me dijo, “tienes que atravesar un río. ¿Cuáles son las piedras que te van a sostener para llegar al otro lado? No puedes estar narrando todas las piedras chiquitas. Tienes que ir a las piedras grandes.” Esa imagen me ayudó a ver cómo encuentro las partes que si las quito ya es otro libro, y las partes que se pueden ir.
Fue un proceso que también tuve que hacer, de alguna manera, con la traducción. Escribí el libro en inglés, y todos los años que lo escribí, dije, “yo nunca lo voy a traducir, de ninguna manera, imposible.” Pero cuando lo terminé, empecé a intentar, y a las cinco páginas, me di cuenta que iba a odiar la versión de cualquier otra persona en español. Lo tenía que hacer yo. Fue fascinante, difícil, hermoso, y divertido. Pero es algo que los traductores tienen que hacer con cada frase: ¿qué es lo realmente esencial aquí? ¿Estamos tratando de decir algo del personaje, del lenguaje, o algo de la trama? No todo se va a poder sobrevivir en otro idioma. Me hizo respetar muchísimo el trabajo de los traductores literarios—lo tienen que hacer sin traicionar al autor.
Alboroto: ¿Cómo decidiste dejar el título en inglés?
Jufresa: Ya había elegido esta estructura que va hacia el pasado—como una i griega, un wishbone. Entonces, empecé a usar ese título en mi cabeza como un working title, pero ni siquiera en inglés estaba muy convencida. Me parecía un título un poco infantil, muy whimsical. Pero conforme seguí trabajando, el título fue cobrando tanto peso. Hay un momento en el libro donde dices, “este libro se tenía que llamar así.” Cuando encontré eso, dije, “no hay otra manera que se pueda llamar a este libro.”
Me pasó con Umami cuando se lo di a leer a amigos escritores. El feedback general fue: “libro: muy bien. Personaje: muy bien. Título: espantoso, horrible, de ninguna manera le pongas así. Nadie sabe lo que es.” Mario Bellatin me dijo, “Suena muy freudiano. No lo hagas.” Pero en mi cabeza, Umami se llamaba Umami. Entonces, decidí no hacerle caso a nadie y dejarle el título. Se ha traducido a diez idiomas, y se llama Umami en todos los idiomas. En algún momento con Wishbone, pensé vamos a hacer esto. Es un anglicismo, pero Umami es un japonismo. En el libro se explica. Si alguien no conoce la palabra, eventualmente se entiende. A mí me gustan los libros donde aprendes cosas sin sentir que te están dando clase. Ayer, nos fuimos a imprenta con el italiano, que también se llama Wishbone. No sé qué va a pasar con los otros, pero espero que todo el mundo le deje Wishbone.




Click here to subscribe today and leave your comment, or log in if you’re already a paid subscriber.