Réplicas a la distancia

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¿Sabes de mis papás? Es una pregunta que mi hermana y yo nos hacemos desde niñas. Es un vestigio de aquella vida ansiosa de la Caracas de los 2000. Vivimos afuera desde hace más de quince años, pero algunas ansiedades no se olvidan.

Cuando me hace esta pregunta el miércoles, 24 de junio a las 3pm PT, no me causa mayor ansiedad. Me acomodo en el sofá de la sala, detallando las orquídeas blancas encima del sideboard. Seguro que mis papás ya aparecen.

Cuando me dice que hubo un temblor, no me preocupo. En Venezuela tiembla de vez en cuando y no pasa nada grave. Un temblor puede ser un 3,5 que se siente como si alguien lanzara una puerta o un sismo de 9 que crea una isla nueva. Seguro este temblor fue pequeño, como el de 5,6 que ocurrió hoy a unos kilómetros al norte de mi apartamento en San Francisco. Pensé que mi café temblaba porque mi esposo salió al trabajo con más energía de lo normal.

Mi ansiedad comienza cuando leo: 7.

Mi hermana pregunta en el grupo familiar de WhatsApp si sintieron el temblor y dice que fue de magnitud 7. Un 7 es serio. Venezuela no está lista para un 7.

Mi mamá responde de inmediato que fue horrible, que todo se movió. Recibiendo esa fe de vida, pienso que mi ansiedad ya empezará a descender. Pero pasan los minutos y no sabemos nada de mi papá.

Aunque hoy era feriado, él estaba en su oficina. Un edificio de un par de pisos. Llamamos al grupo y solo mi hermana responde. Mi mamá, sabemos que está bien. Mi papá, sigue sin atender.

En el interín, llegan mensajes de otros venezolanos, todos buscando triangular el calibre de la catástrofe. Se cayeron edificios en Los Palos Grandes, dice alguien. Eso no está lejos de mi papá en Los Dos Caminos. ¿Se cayeron edificios ahí también?

¿Y si le cayó algo en la cabeza? Pregunta mi hermana, con ansiedad en pleno vuelo. En su mente, papi está caído, sangrando, con un paro cardíaco, enterrado bajo los escombros.

Invoco tranquilidad: vamos a calmarnos. Por ahora estoy bajo control, pero mi ansiedad puede volar tan alto como la suya. Solo es cuestión de tiempo.

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La foto de mi papá en WhatsApp es una foto del pico del Ávila al atardecer. Ese Ávila se une a la llamada y le oigo el corazón palpitar en la garganta. Mi papá es una persona de palabras medidas incluso en los momentos de mayor tensión, pero su fisiología traiciona las emociones del momento.

Respira con fuerza. Narra su travesía. La puerta se atascó. Él se cayó. Se volvió a parar. Se volvió a caer. Se paró una vez más. Logró abrir la puerta. Corrió por las escaleras y salió del edificio.

Regresa en sí. Calma su respiración. Observa con la curiosidad que lo caracteriza que todo se movió de este a oeste, no de norte a sur. Nos dice que regresó a la oficina a buscar unas cosas antes de irse a casa.

Mi hermana y yo imploramos que salga de ahí. Por favor. Que lo deje. Todo. El disco duro, los archivos, la curiosidad. Nada de eso importará si vuelve a temblar y se le cae el edificio encima.

Nuestra lógica lo convence. Colgamos sabiendo que va de camino a mi mamá.

Le escribo a mi esposo que está en su oficina: there was an earthquake back home; it was bad; buildings fell.

Paso las próximas horas encorvada en mi sofá. Las orquídeas se encorvan conmigo. Vemos en redes los edificios caídos de Los Palos Grandes. Una urbanización que se vino arriba con edificios de 10 o más pisos en los años 60, 70, y 80. Pasábamos por ahí cuando visitábamos a los abuelos en Altamira los fines de semana. Nos parábamos en American Deli a comprar sánduches con honey mustard y merengadas de óreo para cenar. El edificio Petunia quedaba al lado. Hoy yace desplomado, una pila de escombros.

Escribo a otros familiares y amigos. Hablo con demás fantasmas de la diáspora. Pregunto por los suyos. Preguntan por los míos. En los grupos de WhatsApp preguntamos por los que están allá. Cuando no contestan, decimos que seguro están bien, simplemente no hay señal. Pero hay ansiedades que no nos admitimos con cada mensaje de alguien sabe de… que nadie responde.

Una eternidad después, mis papás nos confirman que están juntos en la casa.

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Llega mi esposo a mi casa. Para tratar de aparentar normalidad, nos ponemos a ver el Mundial. Corea del Sur vs. Sudáfrica, su país natal. Lo veo sin estar del todo ahí, como si me hubiesen cortado el nervio óptico. Si no son imágenes de Venezuela, no me interesan.

En medio tiempo, volteo a hablarle. A lo mejor es la calma que transmiten sus ojos, la calma que no tengo, lo que me hace llorar. Me desplomo en su hombro mientras me acaricia la cabeza. Le traduzco el ajetreo de mi papá, las ansiedades de mi hermana, y mi propia imaginación mórbida. A veces son las réplicas las que matan. Puede volver a temblar y la casa se cae. Se pudieron haber muerto. A lo mejor en estos minutos desde que supe de ellos ya se murieron.

Me acuesto después de que la última persona de mis grupos de WhatsApp ha aparecido con vida. Yo sigo despierta en la noche de San Francisco y mi familia sigue despierta en la madrugada de Caracas. No me quiero dormir porque, si me duermo, no voy a saber de ellos hasta que me despierte. Esta noche cualquier segundo sin saber de ellos es demasiado tiempo.

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A las 9am del día siguiente, tengo una reunión de trabajo. Después de una llamada a mis papás, me lavo la cara con agua bien fría y le doy clic al Zoom:

How are you doing? Me pregunta alguien.

Doy mi respuesta reflexiva, mirando a la camarita y con una sonrisita. I’m good, can’t complain.

Claro que I can complain. Aquí estoy en este Zoom sobre un problema corporativo que, para la semana que viene, se olvida. Mi familia, mis amigos y mi país acaban de sufrir una catástrofe titánica que los sacudió tanto que deformó la corteza terrestre.

Otra verdad es que I can’t complain. Estoy en San Francisco, trabajando en pijamas desde mi casa, en un puesto que paga cada quince días fijo y en dólares. Mis papás y mis amigos y mis familiares están vivos. La casa donde nací sigue en pie. ¿De qué me estoy quejando?

Me quejo de un dolor agudo de un miembro fantasma que es un país del que me fui hace más de quince años.

Aunque no sean mi familia, siguen siendo los míos los que veo en Instagram desenterrar con sus manos lo que se vino abajo en La Guaira. Los veo a través de los testimonios que transmite la periodista Maryorin Méndez: archivo del desespero de querer sacar a los tapiados, de la falta de ayuda de los que no están (gobierno), de la determinación de seguir ayudando de los que están (pueblo).

Siento una obligación moral de ver estos videos, de atestiguar la humanidad de estas vidas que pasan por mi algoritmo. Les escribo a unas amigas latinas que me preguntan cómo estoy (mal), que me siento doliente en todos estos entierros.

Fijo la mirada en las hojas rojizas del arce japonés de mis vecinos. Me imagino en un atrio infinito en el Cementerio del Este. Mármol blanco que se pierde de vista. Velorio tras velorio tras velorio. Todos ahí; todos lloramos.

En la vida real sigo en mi escritorio dirigiendo este Zoom. Me siento patéticamente inútil, sin nada que pueda hacer por Venezuela. Pongo mi celular frente a mi pantalla, asegurándome de que no se vea en mi camarita. Los videos de Instagram siguen sin fin.

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Mis amigos de aquí me escriben ese jueves y viernes. Me preguntan cómo están los míos en inglés. Tengo una frase copy/paste preparada: My parents are ok. Their house is ok. Thanks for asking. We are all very shocked. This is all devastating.

Agradezco los mensajes, pero no tengo capacidad para nada personalizado. Toda capacidad intelectual tiene que reservarse para el trabajo.

Nadie en el trabajo menciona nada. Es posible que no se acuerden de dónde soy. Yo tampoco digo nada.

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Los primeros días después del terremoto, hablo constantemente con mis papás. Tengo que escucharlos después de cada réplica: Enséñenme el jardín, dónde está el perro, cuéntenme qué van a almorzar hoy, mami, qué postre vas a hacer.

Sigan. Por favor. Recuérdenme, cada instante, que siguen ahí.

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Hago este relato como si ya no hubiese negado a mi familia ante una tierra que ruge.

Eran las 4am el 4 de mayo de 2009. Un lunes. Estaba estudiando para un examen de física en la mesa del comedor. Texteaba con un amigo que también andaba estudiando. Me escribe: temblor.

Veo mi reflejo rielar sobre el espejo curtido del escaparate. Los vasos vibran cada vez más fuerte.

Borro cinta.

Vuelvo a mí en el garaje. Estoy yo, el perro y los carros. Toda mi familia sigue dormida.

Ese lunes 4 de mayo, cuando mi mamá se despierta y le cuento que tembló, me responde entre chiste y pánico, ¿Y tú nos dejarías morirnos enterrados en la casa?

Unos meses después, me fui de Venezuela y los dejé en esa casa.

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Paso jueves y viernes viendo los videos en redes mientras trabajo. Los abuelos se abrazan en su apartamento que tiembla. La madre se devuelve a una casa desplomándose por su bebé. Un hombre rescata a una niña. Un chamo salva a un gato.

Muchos tienen fantasías de ser estos héroes. Piensan que si les toca a ellos el momento, brillarán por su coraje.

Yo no me puedo imaginar nada. Ya me conozco como una cobarde.

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Es sábado y hay un señor llorando en el parking lot de Walmart. Estoy aquí esperando a unos amigos para comprar cosas para un centro de acopio. Oigo que menciona el terremoto. Me le acerco. Le pregunto si es venezolano. Seca sus lágrimas. Asiente. Empieza.

Cuenta a 1,5x velocidad todas sus historias. La vida de amigos cuyo paradero desconoce. Me narra su Día del Padre del domingo pasado. Las aventuras con su perro que llevaba los fines de semana a Catia la Mar. No estamos en una conversación; él está dando su testimonio. Declaraciones que debe compartir con el mundo. Y en este momento, yo soy el mundo.

Lo interrumpo. Llegaron mis amigos. Le doy una palmada en el hombro y le digo: Perdón hermano, te tengo que dejar.

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El fin de semana después del terremoto, mi esposo se encarga de que cada día veamos un partido del Mundial con alguien diferente. Tiene razón, debería ver gente. Trato de poner mi mejor cara con mis amigos, pero el desorden emocional me tiene con un humor rancio.

No quiero estar aquí, en este bar, con una calma forzada. Quiero llorar y llorar y seguir llorando. Quiero hablar de este evento hasta que no me queden combinaciones de palabras para describir el hueco que tengo en el pecho. Quiero decirles que me siento sobrante. Necesito comunicar lo tétrico que es entender lo frágil que es todo en este mundo. La vida se rompe en un instante.

Pero aquí estamos, viendo fútbol.

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Llega con un 🙂. Y es por el 🙂 que grito.

Me siento a trabajar la mañana del lunes después del terremoto. Una colega me ha puesto una reunión a primera hora. Es por una situación que no debería ser problema mío, pero tengo que ayudar a resolver. El colega sabe que es un fastidio, y por eso la reunión que me pone a las 9am de un lunes tiene un :).

Me sale un grito de fuck. Un rugido de rabia y de rencor. Qué comparativa tontería. Si me despiden, este problema ya no existe. Los edificios caídos de La Guaira, en cambio, seguirán caídos sin importar mi circunstancia.

Mi grito espanta a los pájaros. Los jays azules salen volando del acre japonés. Mi grito asusta a mi esposo. Sus ojos azules se asoman asustados por la puerta de mi oficina.

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El miércoles empiezo a trabajar temprano, así que termino temprano. Voy a ayudar a un centro de acopio. Me monto en la autopista y admiro el perfil urbano de mi segunda ciudad: el edificio piramidal que aparece en las películas, los puentes como este que unen mi península con el este y el norte de la bahía.

Erupta un pensamiento intrusivo desde donde salió ese grito de fuck el lunes:

¿Y cuándo pase el big one, también saldrás corriendo, dejando a todos los tuyos atrás?

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El centro de acopio se parece a Venezuela. Hace un solazo. Alguien tiene una musiquita. Hay una cola para entrar. Dicen que hay un sistema, pero el sistema es que no hay sistema.

Una voluntaria es nuestra líder en la sección de ropa. Ella crea las categorías y decide qué cuenta como “Ropa de adultos”, “Ropa de bebés”, etc. Castiga a quien haga videítos diciendo que deje la güevonada y se ponga a trabajar. Yo votaría por ella en una elección.

Pero hay una pregunta no puede responder: ¿Quién, en su sano juicio, dona lencería?

Un body azul marino de malla de poliéster con anclas y corazones en posiciones estratégicas.

Mételo en una bolsa, mi amor; de la esperanza también se vive, dice otro voluntario. ¿En qué bolsa va, “Ropa de adultos” o “Ropa interior”?

Adultos, dice la líder.

Me río por primera vez desde los terremotos.

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Reportan que para el lunes 6 de julio, varios equipos de rescate internacionales se han ido de La Guaira. Ya los terremotos no están en la página principal del New York Times.

Maryorin sigue con su labor hercúlea de ser testigo de la tragedia. Entre Zoom y Zoom, busco sus videos. Hoy entrevista a un señor que busca a su hijo entre unos escombros que, con cada réplica, han ido cediendo. Maryorin dice que el señor ha pedido que le traigan una cavita con hielo.

Salen las imágenes de fosas en el cerro. Crucecitas blancas pintan un aplanamiento. Dicen ser para difuntos no reclamados. Que Dios los identifique, en la tierra nadie pudo.

En mi lunch break, me siento al lado de las orquídeas de la sala a seguir viendo videos. Otro video muestra a un señor acariciando la bolsa negra en la que yace el cuerpo de su hija. Lo hace suavemente, con ternura de padre. La misma ternura con la que mi padre me pellizcaba los pies para revisar que siguiera dormida tarde por la noche. Los dos sabíamos que estaba despierta por mi sonrisita. Todos sabemos que la hija de ese señor nunca más despertará, nunca más sonreirá.

El señor llora en mi celular. Lloro yo con las orquídeas en mi sala. Lloramos todos, estemos donde estemos.

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