Nueve cincuenta y dos en el reloj de números rojos sobre el muro, pero la puerta del gimnasio del hotel ya no.
Bambolea vidrio grueso, sin marco, herraje tubular de acero inoxidable y el rótulo de jale impreso en papel bond, pegado con diurex en las cuatro esquinas.
Jala y nada.
El pestillo atora el cerrojo. Cavernoso y frío el eco del vidrio en su bamboleo, casi flexible, se sueña roca ese vidrio, pero lejos.
Debajo de jale, los horarios: de siete a eme, a diez pe eme.
Allá dentro las caminadoras duermen, las elípticas y las pesas, reposan las muy, sin haber trabajado en todo el día, sin haber desquitado.
Nueve cincuenta y dos. Ahora cincuenta y tres. Siete minutos, carajo, siete minutos hubieran bastado para deshinchar sus tobillos abotagados por el calor y el viaje.
Pies como guantes de látex inflados, la bombilla del empeine como bolsa donde llevara un pez pequeño. Las piernas, costales de arena húmeda.
Tendría que usar medias de compresión, caminar al menos media hora todos los días y evitar la sal, pero.
Imposible salir a caminar en las calles de aquí: en el día mata el disparo del sol y en la noche los otros disparos que luego también en el día.
Calles vacías, incendiadas por la luz y por ese otro fuego más negro y sucio.
Mira las escaleras de servicio: suben, bajan, unos diez o doce pisos, desde afuera no se sabe, no parece. Toma esa alternativa.
Primero baja para comenzar la cuenta desde cero. Pisa uno a uno los escalones altos, de concreto en tramos de diez peldaños, gira en el descanso y desciende en noventa grados.
Serpiente angulada hermética Kukulkan contemporáneo involuntario.
Solo personal autorizado aunque el polvo y la ausencia de huellas en el polvo dicen que ni eso, que nadie ahí nunca.
Espacio tripa. Espacio nada.
A su paso el movimiento alerta los sensores: click, la oscuridad se ilumina, clack.
No aquí las pretensiones de elegancia de las habitaciones dos estrellas, no aquí el aire acondicionado ni la alfombra de uso rudo con patrones hipnóticos, cuadrados dentro de cuadrados, no aquí el brillo deslumbrante de la vieja chapa de mármol. Nada de eso.
Aquí cemento y pintura esmalte gris en las paredes, solo hasta la mitad, máscara de mugre, una cinta amarilla corre sobre la línea media, arriba un blanco no muy blanco.
Peldaños rojo ladrillo, simulación de barro, de algo vivo que recuerda a la tierra, artificio plástico donde se pegotean las suelas, gastado el centro y el filo.
La serpiente abraza el vacío del cubo del elevador: a cada tanto un crujido de poleas y rieles.
Los que suben y bajan por ahí no necesitan movilizar la circulación de las venas varicosas de las piernas. Click.
En el sótano tres, hay sobre todo, calor. Clack.
Calor y una puerta batiente con mirilla, click, la cocina sola y silenciosa a estas horas, apagado el fuego, se rumoran los refrigeradores la penosa descomposición de su entraña, las cucarachas asoman antenas cautas por las rendijas, suelo de vinilo con resaltado antiderrapante de círculos simétricos gastado en las orillas. Clack. Aquí visitantes no.
Los comensales allá afuera, en el restaurante, no piensan en cucarachas ni en la pelusilla de moho que florece dentro de los recipientes de yogurt reutilizados treinta veces.
Salida de emergencia.
Prueba solo por curiosidad, pero la barra de pánico no alivia el pánico. En esta ciudad las cosas no funcionan como se supone, ya se le estaba olvidando.
Gira sobre los talones y sube.
La presión en el pecho asoma al final del segundo tramo. Rodilla arriba, pie sobre escalón, impulso y carga del propio peso contra la gravedad, y el peso del edema acumulado porque las válvulas se abren y la sangre se niega a volver a casa.
Probó recostarse con los pies sobre la cabecera de la cama y nada.
Decidió que un poco de ejercicio, pero el gimnasio nada.
Ahora esto, subir, bajar.
Después vendrá el alivio del agua, cuando vuelva al reino del aire acondicionado y se meta a la tina y los cúmulos de calor se laven con la ducha de mano como se lavan el polvo y la vergüenza.
Palpa a través de la tela del bolsillo la certeza rectangular de la tarjeta magnética, sus puntas redondeadas, la cinta negra en el costado. Click.
El hombrecito blanco sin rostro que sube escaleras también, dentro del rótulo azul, junto al número dos pintado en el descansillo dice usa el pasamanos, pero el pasamanos no porque olor a metal oxidado y capas de sudor y de pintura y de mugre y de pintura otra vez y de sudor otra vez, no. Mejor los pies por sí solos, un pie y otro pie sobre los escalones rojos.
La mirada en el suelo, en el peldaño siguiente y no más allá. Clack.
La respiración acompaña los golpes del corazón con bufidos de toro.
Piso de madera en el descansillo del piso dos y un extinguidor, impostura porque salida a la recepción.
En el piso tres, junto a la puerta del elevador, instrucciones que aumentan su seguridad: en caso de sismo o de incendio, conservar la calma, alejarse de ventanas. Aunque aquí ventanas no. Tampoco calma.
En el piso cuatro, lavandería. Click. Laminado en blanco, jaspeado de gris el suelo, como el de aquel hospital, demasiado duro para arrastrarse sobre las rodillas y no tan frío como hubiera querido.
Ruta de evacuación sobre flecha verde en el piso cinco.
Intacta aquí la pintura rojo ladrillo de los escalones, nadie sube al seis.
En el siete clack. Tiene que mover los brazos para que el sensor detecte el movimiento y vencer a la penumbra que araña por un momento. Click.
En el ocho la curiosidad huele a un perfume conocido detrás de la puerta, el mismo perfume que usó una persona amada y ya sin nombre. Clack.
En el nueve click, una charola en el suelo con trastes sucios y restos de comida y una flor marchita.
Un ducto de ventilación en el diez, y más arriba, en lo alto, el acceso a la azotea: una puerta gris, demasiado baja, salida de emergencia con candado Phillips en el pestillo. Habría que romper el candado, empujar con el hombro el metal asentado por el tiempo y agacharse para ver el cielo y las estrellas, la ciudad desde lo alto, los lugares de entonces, pero desde otra altura, reconocer y reconocerse dentro de esa ciudad que quedó atrás hace tanto: el estadio, el cerro y su antena, la avenida principal que conduce al barrio donde. Clack.
Gira sobre los talones y baja sin ayuda del pasamanos. Nada que sostenga el descenso. La fuerza que llama hacia abajo, otra gravedad, más oscura, de la que ningún gancho.
Baja y sube y baja hasta que la sangre, hasta que la respiración y el pulso, hasta que el sudor.
Las manos hinchadas punzan el latido y la sed.
Hold up right, pull ring, squeeze lever para apagar el fuego, instruye en su costado el extinguidor colgado en el descansillo del nueve. ¿Estaba aquí antes?
Las patas de las cucarachas rayan el silencio.
No quiere contar los pisos para negar el cansancio. Fijar la mirada en el peldaño siguiente, autómata que sube o baja o sube y respira y no piensa, o piensa en el agua fría de la regadera de mano, en las ventajas de estar aquí, en un hotel, y no allá, con ellos.
No beberá su agua. No comerá su alimento. No usará ese pasamanos.
Vuelve sin volver. Vuelve pero se queda en un hotel, económico, distante, impersonal. Click.
La máquina de hielo ruge en estertores ¿Estaba? Su aliento caldea el aire, todavía más.
Un hielo en la cabeza sería un alivio, presiona el botón y la máquina puja, pero fuera de servicio.
Unos pisos más y volverá a la habitación rentada con su aire rentado, y no a la cama aquella de los resortes rotos que se encajan en la espalda, no a la almohada llena de cebo y de pesadillas, no a la toalla con estampado desleído y orillas deshilachadas, ni a la luz pálida de aquel comedor. Clack.
Llegar sí, solo un poco, abrazar sin cuerpo, sonreír sin dientes, limar las palabras, bajar el tono, mantener la templanza, cumplir la encomienda.
Luego venir a refugiarse acá y beber el agua de la botella de plástico aunque sea siempre demasiado poca, abrir el empaque de un jabón nuevo aunque pequeño, arrojar la toalla al suelo después de secarse, entrar en esa cama de sábanas crujientes y cerrar los ojos.
En la puerta cerrada del gimnasio hay una hoja bond con un emoji impreso a blanco y negro que dice sonríe. Click.
Subir o bajar da igual.
La charola con restos de comida ahora es un festín de cucarachas.
Peldaños pintados de rojo barro hasta el menos tres.
Suena la campanilla del elevador y las puertas se abren al vacío: no usar en caso de incendio o sismo. Halo fresco de mina y tierra húmeda. Asoma la cabeza arriba infinito, abajo infinito, cuerdas de acero sostienen el sistema nervioso periférico.
Sigue subiendo, pero arriba es abajo y abajo es arriba.
La tarjeta con la cinta magnética está en blanco. ¿Cuál era el número de habitación? Podría ser dos cuarenta y uno, ¿o era cuatro doce?
Bloqueadas las barras de pánico en cada piso, el único camino es el que lleva hacia arriba o hacia abajo y decide subir.
¿O al subir baja y al bajar sube?
Los sensores detectan el movimiento a su paso: click la oscuridad se ilumina.
Bamboleo en las piernas sube. Roca fallida. Sudor en la espalda, calor, sed.
La garganta como una mano que se cierra dentro. Debajo de la piel del cuello.
Clack, araña la oscuridad.
Tantea los muros tibios con las manos y los escalones con las puntas de los pies.
Topa con la puerta gris, demasiado baja. El acceso a la azotea.
Baja a tientas click.
Arranca del muro el cilindro extinguidor.
Rompe el candado y vence el óxido de las bisagras con el empuje de su hombro para salir a la noche. Clack.
Agacha la cabeza.
Atraviesa el umbral.




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