Cuba, como los bonsáis

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—Mi mamá me escribió de lo más contenta hoy porque anoche durmieron con corriente —me dice mi marido hoy mientras servíamos la cena.

Se hizo un silencio en el que supongo que los dos pensamos en lo mismo. La pequeña casita de techos bajos en pleno Centro Habana, rodeada por casitas similares, apagadas noche tras noche, día tras día. La inclemencia del sol y el calor en la ciudad, donde apenas hay árboles que amortigüen el azote, donde no nace y no corre el viento. Aires acondicionados en las paredes, los famosos splits que fueron la furia de su momento, unos diez años atrás, otro equipo obsoleto, otro recordatorio de un tiempo malo que ahora, de alguna manera impensable, es peor.

—Es increíble cómo se doma un pueblo —me dijo al rato.

Y domar fue la palabra, ni siquiera domesticar, y yo, quisquillosa como soy con las palabras y sus significados, no pude menos que concordar.

La Cuba a la que regresamos este verano, él por primera vez, yo una vez más, era una Cuba domada. Como una leona de circo. Domesticada implicaría una adaptación a la convivencia con el ser humano. La Cuba a la que regresamos cada vez se aleja más de esa vida humana moderna, esa que en el último siglo ha encontrado cura para enfermedades antes mortales, ha viajado a la Luna, usa carros eléctricos, explora los límites de la inteligencia artificial y puede aspirar incluso a eso que Maslow llamó autorrealización, porque da por cubiertas las necesidades básicas de comida, agua y abrigo.

La Cuba a la que regresamos es un anacronismo museable, una reliquia viva de problemas que para la mayoría del mundo ya quedaron obsoletos. En las calles, la desolación de la supervivencia es polvo agitado que eventualmente se asienta donde y como quiere, duélale a quien le duela y pésele a quien le pese.

Pero había algo más sórdido en el ambiente que no parecía domesticado, sino domado. Algo que ya venía perfilándose, anunciándose. Algo macabro y silencioso que es la personificación de la derrota.

La Cuba a la que regresamos es una sociedad vencida, como lo es también la Cuba de los que nos fuimos, los que logramos irnos antes de tener que luchar una batalla de casi setenta años para perder la guerra. Porque, aunque parezca que hemos asistido a la derrota desde lejos, la hemos sufrido también de cerca: en los maletines pasados de 50 y hasta de 70 libras, con los que intentamos “resolver los problemas” de la familia, en las tarjetas de crédito abarrotadas con lo que se lleva, lo que se manda y que el salario del mes no alcanza para costear, en el dolor de no poder mandarle $100 a una amiga que necesita comprar fibras para el techo que tiene salidero y, sí, $100 no son nada, pero ahora mismo no los tienes. ¿Cómo se explica eso a quien tiene tanto menos?

Yo soy de Pinar del Río. En la Cenicienta de Cuba, la supervivencia diaria se ha vivido siempre con un tono más dócil, más amable incluso. Y quizás sea porque, comparados con el resto de la isla, somos esa población de la que nadie espera nada, con la que nadie cuenta, que ha sido vista siempre como un cero a la izquierda, como dice la expresión, algo que a Pinar del Río, por su posición geográfica a la izquierda, le viene como anillo al dedo. Sin nada que probar y sin el espíritu de lucha aguzado, Pinar del Río ha aprendido más a resistir que a luchar y se ha dedicado a lo que se dedicaron nuestras tribus ancestrales, los Guanajatabeyes de occidente: la recolección como modo de vida, de supervivencia. Cada día en Pinar del Río se recibía menos, y no era porque necesitáramos menos, sino porque la percepción era que niño que no llora no mama. Pero la gente de campo es discreta, no llora en público y lava los “trapos sucios” en casa. Años de llorar a puertas cerradas nos han vuelto expertos en mamar poco y subsistir con agua de arroz. En fin, en Pinar del Río la derrota hace mucho que es polvo que no se agita, polvo solidificado.

No lo era así La Habana. La Habana, por cercanía, por razones de logística —hay que llegar a ella para poder llegar a Pinar del Río— y por su condición de capital y centro histórico y ciudad entrañable y hermosa, es el destino obligatorio del poco turismo que hago en la isla. La Habana sí he tenido oportunidad de observarla a través de los años.

La Habana a la que regresé, una ciudad hembra, como dice la canción, es una vieja leona de circo sin furia ni fuerzas para convocarla, domada hasta el cansancio, enjaulada en un espacio cada vez más pequeño, azotada no por mal comportamiento, sino como parte de un entrenamiento maquiavélico de condicionamiento vital. “En La Habana no quitan la corriente porque la gente se tira para la calle”. Crecí escuchando esa frase porque sí, desde que crecí, la corriente que va y viene, y va más de lo que viene, ha sido un tema de relevancia constante. Esta vez, sin embargo, ni eso era ya un hecho. No solo quitan la corriente, sino que también, como lleva pasando en Pinar del Río por los siglos de los siglos, amén, brilla por su ausencia por más de 30 horas seguidas.

La de hoy es una Habana a la que no le teme nadie y en la que, sin embargo, se siente miedo, porque la lucha por sobrevivir se ha vuelto también una lucha de unos contra otros. Y así, mientras el antiguo enemigo común se desdibuja, vecino escamotea a vecino, le roba, lo engaña, bajo la ley de un sálvese quien pueda del que, al final, no se salva nadie. Porque esa es la parte más sórdida de la doma, el costo más incalculable de la derrota: se deja de reconocer al enemigo y, por miedo a equivocarnos, desconfiamos de la palabra amistad.

La cara de la derrota es ese mensaje de texto tardío de mi suegra —seguro no había conexión durante el día— con múltiples caritas felices porque la noche anterior durmieron con corriente.

Es la de aquel hombre que, en una noche de apagón, expulsado de la casa por el calor, se había acostado sobre una manta en plena acera de la calle Oquendo y ahora solo la luz de una tablet le iluminaba la cara. Bien podría servirle a Apple para su próxima publicidad: iPad. La luz de tus ojos.

Es la de un grupo de vecinos cantando a garganta pelada a las 3 de la mañana canciones viejas de Roberto Carlos, José José, Franco de Vita, para pasar el tiempo, para entretenerse.

Es el grupo de jóvenes que baila reguetón en la esquina con lo que le queda de batería a la bocina. Y esta es posiblemente la imagen más controvertida de la derrota. De lejos, para el oído no entrenado, esta pudiera ser una imagen positiva: un pueblo que persevera, que a pesar de los pesares no pierde su alegría. Un pueblo que se divierte, que se ríe de sus problemas, que le busca el lado positivo a todo, que no se rinde ante las dificultades, no importa si las dificultades son monumentales como el Martí de la Plaza. También crecí escuchando estas frases. Y el mundo se las ha creído. Y cuando un turista va y hace un video de las calles desoladas de Centro Habana y muestra en YouTube la Cuba que vivieron, esas son las imágenes que seguimos regando por ahí: todo está bien, no hay nada, hubo poco y habrá menos, pero por las noches seguimos cantando y bailando reguetón.

Y es normal que en un país tan musical estas cosas pasen, y gracias a Dios que pasan porque en algo hay que entretenerse, con algo hay que matar las horas de desilusión hasta que llegue de nuevo el momento de salir a ver qué se cocina hoy. Pero a los oídos del mundo que no habla “cubano fluido”, una protesta de cazuelas suena muy similar a una rumba y no sé si, sacada de contexto, la rumba la tome alguien en serio.

La Habana a la que regresé es una Habana vencida, domada, manipulada.

—Como un bonsái —dijo mi marido.

Y al cabo de unos minutos agregó:

—Vemos los bonsáis tan lindos y, en el fondo, son unos árboles sufridos, mutilados con predeterminación y paciencia para ser lo que son.

Comimos en silencio. Desde mi silla veía uno de los libreros de la casa, un intento de réplica de aquel otro, cuajadito de títulos sabrosos, que teníamos en Pinar del Río. En uno de los estantes, un kit para cultivar bonsáis que compré por Amazon hace unos meses.

Al terminar, lo tiré con las sobras de la comida al latón de la basura compostable.

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